“Estamos hechos de mil matices e imperfecciones, y eso es lo que nos hace únicos.” — Laura Valli

Soy una artista italiana residente en Tenerife.
Empecé a pintar en uno de los momentos más oscuros de mi vida: tres años marcados por ataques de pánico constantes y por una depresión que me había dejado vacía.

Un día compré un lienzo y volví a respirar. La pintura se convirtió en mi refugio y en mi herramienta de sanación.

Un medio para comprender aquello que no lograba decir, para dar forma a las emociones más profundas.

Pinto para analizarme, para reencontrarme, para existir con autenticidad. A través del óleo sobre lienzo exploro la psique humana: pinto niños, animales y figuras evocadoras, a menudo no definidas, para representar el alma en su verdad, sin máscaras. Uno lo figurativo y lo abstracto para contar la fragilidad como fuerza y la autenticidad como un acto revolucionario.

El arte, para mí, es supervivencia. Es la forma primordial con la que el ser humano le dice al mundo:
“Estoy aquí. Existo. Y soy verdad.”

 

 

Biografía

Laura Valli, a través de la pintura al óleo, explora la esfera emocional y psicológica del ser humano.
Fascinada por el espíritu expresivo del Renacimiento, centra su investigación en los movimientos del alma, traduciéndolos en pinceladas marcadas, colores simbólicos y una fusión entre lo figurativo y lo abstracto.

Sus sujetos —niños, animales y rostros no siempre definidos— emergen como espejos interiores, evocando emociones que la sociedad tiende a reprimir.

Sus obras, que define como psicológicas, nacen de un proceso de escucha profunda e invitan al observador a reconectarse con su propia autenticidad, transformando la fragilidad y el dolor en fuerza expresiva. Cada obra se convierte así en un puente silencioso entre arte e introspección.

“No somos solo un cuerpo. El cuerpo es una herramienta de expresión.”

Un mensaje importante

Arte y salud mental

La pintura me salvó la vida.

Después de tres años de ataques de pánico y depresión, veía la vida en blanco y negro.
Todo era árido. No conocía lo que sentía, no sabía cómo gestionarlo… me estaba devorando.

Un día me levanté de la cama y fui a comprar un lienzo, pinceles y colores.
Durante veinte minutos, en medio de mi día oscuro, estuve presente. Serena. La oscuridad se había disipado.

Desde ese momento entendí que la pintura es vital para mí, y mi mayor deseo es transmitir esta pasión al mayor número de personas posible.

Mi maestra me decía:
“Si quieres ser feliz durante un año, enamórate.
Si quieres ser feliz toda la vida, hazte jardinero.”

Un jardinero no fuerza el crecimiento.
Observa. Cuida. Espera.

¿Y nosotros? Hemos olvidado observarnos.
Nos hemos perdido en la ilusión de que todo debe suceder deprisa, de que el valor de una vida está determinado por un papel o por el juicio de los demás.

El alma tiene hambre cada día.
Es como un campo:
hay que nutrirla, cultivarla, protegerla.

Cuando dejamos de cuidarla, el corazón se vuelve árido.
Y, en lugar de regarlo, terminamos envidiando las flores del vecino.
Odiamos lo que vemos fuera…
porque hemos olvidado la luz que tenemos dentro.

El arte es historia, y es el espejo del ser humano.
Nos recuerda quiénes somos, nos permite excavar dentro de nosotros y dar luz a nuestra singularidad.

Por eso vivo el arte como un proceso alquímico:
transforma el dolor en expresión, la fragilidad en fuerza, el silencio en vida.